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19:39h. Domingo, 23 de Abril de 2017

Un altar de sacrificios de la segunda Edad del Hierro en Trujillo

Las tierras que actualmente forman las provincias de Ávila, Salamanca, Toledo y Cáceres, compartieron entre el año 500 a. C. y el cambio de era una serie de rasgos culturales, sociales y económicos, lengua y creencias religiosas. Esa identidad fue reconocida en los textos de los escritores griegos y romanos con el nombre de Vetona, región de los pueblos vettones.

Las tierras que actualmente forman las provincias de Ávila, Salamanca, Toledo y Cáceres, compartieron entre el año 500 a. C. y el cambio de era una serie de rasgos culturales, sociales y económicos, lengua y creencias religiosas. Esa identidad fue reconocida en los textos de los escritores griegos y romanos con el nombre de Vetona, región de los pueblos vettones. A este período se le conoce como la Segunda Edad del Hierro, época en la que la población comenzó a protegerse por los continuos enfrentamientos bélicos, construyendo murallas, torres y fosos, conocidos como castros o fortificaciones situados en cerros altos y en la confluencia de varios ríos. Podemos citar, los castros-ciudadela de la Villeta del Azuquén, Villasviejas del Tamuja (excavado por doña Francisca Hernández en el año 1989); el castro de la Coraja en Aldeacentenera (excavado por los profesores José A. Redondo, Julio Esteban y José Salas entre 1984 y 1991); y otros como el Cerro del Castrejón, la Burra y el Pardal. Ya lo dijo Estrabón en el siglo I a. C.: «Dicen que algunos viven como espartanos, ungiéndose dos veces con grasas y bañándose de sudor obtenido con piedras candentes, bañándose en agua fría y tomando una vez al día alimentos puros y simples». Estrabón (3, 3, 6).
Por su parte, Plinio en el siglo I d. C. especificó: «Lusitania comienza a partir del Duero comprende las gentes célticas, los túrdulos y, alrededor del Tajo, los vettones». Plinio (n. b. 4, 113). Eran pueblos dedicados a la agricultura de tipo cerealista de secano, con distintas variedades de trigo y cebada muy resistentes al clima frío y seco de invierno en la tierra trujillana y, caluroso en verano, con el complemento de legumbres y bellotas, también utilizaban la miel para endulzar los alimentos. Son muchos los molinos de piedra localizados en Trujillo, de tipo rotatorio o circular que gira sobre un eje central, empleado por los vettones para obtener harina, a partir de trigo y bellota.
El principal medio de vida de los vettones fue la ganadería, básicamente cabras, ovejas y cerdos que aportaban más calorías en la alimentación diaria. El hierro se convirtió desde el siglo IV a. C. en el material estándar para la fabricación de útiles y armas.
La comarca de Trujillo es una excelente cantera para la obtención de piedra, para poder construir murallas o viviendas. Grandes planchas de granito se aprovecharon siguiendo las vetas naturales, rompiendo con cuñas bloques regulares.
La labra de molinos circulares de dos piezas fue otra de las actividades cotidianas. En los cuales el grano de cereal se trituraba y transformaba en harina para poderlo consumir diariamente.


Tanto los vettones como los pueblos celtas en general, rendían culto a los dioses en altares de sacrificio de piedra en lugares al aire libre. En la cerca de las Calderonas, a dos kilómetros de la ciudad de Trujillo por la carretera de Madroñera, una zona muy rica en yacimientos arqueológicos, nos encontramos con un posible altar de estas características, un monumento donde se ha trabajado la piedra a conciencia para tallar unas escaleras y cercana a ellas una cubeta donde posiblemente tenían lugar los rituales de sangre. Esta zona de las Calderonas constituye un paraje de gran belleza donde el granito y el encinar mezclados producen un paisaje representativo de la tierra trujillana. El granito se presenta en forma de multitud de grandes y pintorescas rocas, desgajadas de otras mayores con cortes rectilíneos en la mayoría de los casos, montadas unas sobre otras, formando promontorios con frecuentes abrigos. Como ocurre en la Ciudad Encantada de Cuenca, el recorrido de todo su paisaje con detenimiento constituye un cúmulo de sensaciones curiosas acercándonos más a la antigüedad y a sus enigmas, en la mayoría de los casos producidos por la imaginación.
El altar de los sacrificios era un edificio público, un recinto de 13 por 4 metros excavado parcialmente en la propia roca que aquí se compone de una gran peña granítica. Aparece tallada una doble escalera (por el sureste y el oeste), escalones excavados que comunican con casi la base de la gran roca. En una roca cercana y de inferior tamaño, situada unos 10 m al norte, se observa superiormente, una oquedad con un canalillo que facilita el vaciado, estas dos últimas cuestiones son de apariencia más natural.
Son muy escasos los monumentos similares a éste, concretamente en Cáceres Tomás Martín Gil localizó en los años 30 del siglo XX otro similar. Donde más abundan es en Ávila, concretamente, podemos citar el altar del castro de Ulaca en Solosancho (Ávila) y el portugués de Panoias (Vila Real). Es conocido por las fuentes de la época que estos sacrificios de animales e, incluso, humanos estaban relacionados con prácticas rituales y se celebraron entre las poblaciones vettonas. El sacrificio humano tendría lugar en la zona superior de la roca, mientras las entrañas de las víctimas se quemaban en unas cubetas y la sangre vertía en otros similares, al tiempo que se rendía culto a las divinidades indígenas.