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19:14h. Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
Vista y paisaje de La Cumbre desde la Resbalaera.
Vista y paisaje de La Cumbre desde la Resbalaera.

Un día soleado de primavera, unos niños juegan a esconderse alrededor de la 'resbalaera'. Las encinas y los chaparros crean pequeñas oquedades dilatando el granito que vence al tiempo y al silencio. Sus raíces se mezclan con el roquedo de manera que parecen nacidas de la misma piedra.

Uno de estos niños salta de una peña a otra, se esconde tras una 'escoba' y agarrando una seca, se desliza por el tobogán natural. Atraviesa una pequeña mancha vegetal donde el humus apenas deja crecer la hierba y se mete en la cavidad de un gran 'canchal'.

Arriba, de toda la vida, hay un 'cagarrutero' de gineta, la firma de un territorio ultrajado esa mañana por voces infantiles.

Los chavales se han escondido. Mientras uno de ellos cuenta, el sol deslumbra la cicatriz lavada de la 'resbalaera', limpia, ausente de musgo, ignorada por los años.

Aal acabar de contar, el niño se desliza, esta vez, con una botella de plástico. Pasado un rato, se toca la 'culera'. "¡mierda!", exclama, cuando se da cuenta del enorme agujero en su pantalón.