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17:39h. Domingo, 24 de Septiembre de 2017

El otoño de 1939 fue una estación de árboles sin sombra y campos desnudos sin amparo ni fruto. El hombre camina famélico y exhausto entre barbechos perennes de tierra dura y extrema.

Nadie diría que es poeta, nadie pensaría que aquella silueta, perdida en la llanura andaluza, de piel morena y frente despejada, de ropas humildes, maleta gastada y alpargatas de esparto, ha escrito los mejores versos de su época, de una emoción radiante y realidad iluminada.

No pudo atravesar la frontera, en Portugal, la policía Salazarista le entregó a las autoridades de esa nueva España que se estaba forjando, bajo un aliñado de injustos ideales.

No parecía un poeta, pero él siempre luchó por serlo.

Esta es la historia de Miguel Hernández, el hombre, el poeta que siempre quiso serlo pero que la vida misma se lo intentaba impedir a toda costa.

Para empezar, nunca siguió el esquema trazado del poeta; obligado a no estudiar, pastoreó durante años las cabras de su padre bajo la sombra de Cervantes, Garcilaso, Lope de Vega, Góngora

En el calor de las huertas de Orihuela, desatándose el verso autodidacta, pasional, sumergido en la palabra, en la tierra, en el deseo: He poblado tu vientre de amor y sementera / he prolongado el eco de sangre a que respondo /y espero sobre el surco como el arado espera / he llegado hasta el fondo.

Su primer viaje a Madrid no fue sino una prueba más de los obstáculos que se encontraría en su trayectoria de poeta; puertas cerradas, versos enlazados entre parques y calles que nadie leía; el hombre desentonaba, no era un señorito de la Residencia de Estudiantes que evocaban el surrealismo; él hacía frente a la emoción contenida, al ansia de alcanzar el fruto maduro del verso: Como el toro he nacido para el luto / y el dolor, como el toro estoy marcado /por un hierro infernal en el costado / y por varón en la ingle con un fruto.

Su segundo viaje a la capital será distinto, se empieza a sentir poeta pero se da cuenta de sus diferencias. Es su etapa más prometedora, 1931, la República, la explosión de la cultura. Él no encaja como hombre entre las tertulias y los cafés, con sus amigos Neruda y Aleixandre, pero su talento poético va alcanzando sus cotas más altas. Se da cuenta de ello y escribe: Me llamo barro aunque Miguel me llame / Barro es mi profesión y mi destino / que mancha con su lengua cuanto lame.

En medio de todo este surrealismo, despertar ideológico, en 1935, muere su gran amigo Ramón Sijé, a quien inmortaliza en su extraordinaria Elegía, crisol de elogios hasta del introvertido, futuro ganador del Premio Nobel, Juan Ramón Jiménez: daré tu corazón por alimento /Tanto dolor se agrupa en mi costado / que por doler me duele hasta el aliento.

En 1936, estalla la Guerra Civil, y fiel a su entusiasmo, se alista en el bando republicano, atrás quedan sus libros y sus poemas, su trayectoria recorrida para dar lugar a otra de exaltación patriota y libre. Alza, toro de España: levántate, despierta / Despiértate del todo, toro de negra espuma /que respiras la luz y rezumas la sombra /y concentras los mares bajo tu piel cerrada.

Miguel, una vez más, no es como los otros poetas, nadie diría que compone versos, viste mono y alpargatas, empuña el fusil y cava trincheras; está sucio, curtido, pero aun así, de su mano morena saldrán poemas como La canción del esposo soldado o Aceituneros, que recitará subido en el capó de un coche, en el frente de Extremadura, con las encinas y los fusiles en alto.

Los milicianos le llaman “el poeta del pueblo”, esta cita envolvió al hombre para siempre, lo convirtió en un canto al aire, una alegoría a la libertad, un molde que rompe estereotipos.

Durante los años de la contienda, se casa con Josefina Manresa y es padre, aunque por poco tiempo, ya que su primer hijo se muere al poco de nacer. A él está dedicado el poema Hijo de la Luz y de la Sombra: El hijo está en la sombra / de la sombra ha surtido / y a su origen infunden los astros una siembra / un zumo lácteo, un flujo de cálido latido / que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.

En 1939 nace su segundo hijo, en esta etapa de su vida conoce la derrota, la prisión, la huida de su pueblo, la ascensión de todo aquello que detesta; una frustración perpetua se apodera de él. Sufre cárcel y se le condena a muerte, pero se la conmutan por la de treinta años gracias a la intercesión de los pocos amigos que le quedan.

Es el tiempo de la sombra, de la desdicha de los perdedores; en la cárcel, conoce a Buero Vallejo, autor de su famoso retrato; y recibe una carta de su esposa que le cuenta que su hijo y ella solo tienen para comer pan y cebolla;. En medio de todo este sentimiento, verá la luz su genial poema Nanas de la cebolla: La cebolla es escarcha / cerrada y pobre /escarcha de tus días /y de mis noches /Hambre y cebolla /hielo negro y escarcha /grande y redonda.

En 1941 enfermó de bronquitis y tifus, que se complicó con tuberculosis; antes le habían ofrecido la libertad a cambio de abrazar el nuevo régimen y renunciar públicamente a sus ideales de izquierdas, no quiso su alma encinta de aquel entusiasmo, aquel poeta de alpargatas, fiel a lo que siempre quiso ser, murió en 1942 a la edad de 31 años. Se dice que no pudieron cerrarle los ojos y que el forense lo atribuyó a una “viveza mental y emotividad exagerada”, hecho sobre el que Vicente Aleixandre compuso un genial poema.

Aquí quedó el hombre y nació el poeta, en los años 70, sus versos renacieron en las mentes de generaciones de entusiastas que, como él, abrazaban el verso desnudo de un alma libre, aquellos escritores siguieron su viveza mental y emotividad acertada, se adornaron sus poemas con música y se le evocaba en todos los acontecimientos literarios.

Después de unos años dormidos, creo que ha llegado la hora de releer a Miguel Hernández, en este tiempo de hipocresía política, es el momento de empaparnos de sus palabras y adentrarnos en las profundidades de su amor a lo que él creía, deleitarnos de su pasión en el transcurso de sus poesías, y acercar toda esta emoción a las generaciones que vienen para que su legado no muera ni caiga en el olvido.

Si me muero, que me muera / con la cabeza muy alta /Muerto y veinte veces muerto / la boca contra la grama /tendré apretados los dientes / y decidida la barba /Cantando espero a la muerte / que hay ruiseñores que cantan /encima de los fusiles / y en medio de las batallas.