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02:42h. Miércoles, 26 de Julio de 2017

Le he dicho a mi hija que para mi próximo cumpleaños me regale un valla amarilla de hierro de la que cuelgue una señal de tráfico que signifique que por ahí no se puede pasar.

Es un capricho porque veo que se ha puesto de moda y que todo el mundo las tiene. Sales de paseo y ¡oh sorpresa! hay vallas al final de la calle que se quedan ahí hasta que algún aguerrido las retira para pasar por sus santas narices. Nadie dice nada, pero durante días han estado cortando el tránsito, porque a lo mejor al vecino correspondiente no le apetecía que nadie pasara.

Se quedan de día y noche, pero sin luz. Nadie avisa de su presencia y hay que ir con cuidado porque los propietarios suelen ser aguerridos, fieras defensoras de los supuestos derechos de ellos mismos y que a nadie se le ocurra preguntar qué hace ahí la valla.

Yo quiero una, porque como nadie dice dónde se ponen o quitan, mi callejón va a ser peatonal.