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19:07h. Domingo, 23 de Abril de 2017
Susana, una de las concursante del programa televisivo First Dates.
Susana, una de las concursante del programa televisivo First Dates.

Recordaba su decisión sin trauma, con la frialdad de un hecho consumado. Fue una revolución en el barrio cuando la vieron en televisión, aunque esos minutos de fama le valieron el reproche de las lenguas de doble filo.

Como era pertinente, muchos adolescentes festejaron su valentía ya que siempre había sido una moderna en las calles de su pueblo. Pero hay hábitos y costumbres de raigambre que en ciertos lugares es mejor no despreciar. Mofa y verbena en los cafetines, en las mesas de camilla de ganchillo y picón. 

Hubiera sido peor, lanzarse sin red, como el programa en el que dos desconocidos mediante unos test de compatibilidad sugerían lo buena pareja que, en teoría, serían. Con la credibilidad del desespero como tónico salva vidas, aceptan el riesgo y se casan en país extranjero. Teniendo desconocimiento absoluto de los pretendientes y de los pack que se llevan consigo familiares, amistades y conocidos, lo cual puede acabar como el 'rosario de la aurora' por la felonía y fechoría cometidas. Menos mal, que está ruleta infortunada carece de apoyo y fundamento legal, lo cual solo puede originar un mal trago compensado con una experiencia curiosa y un viaje lejano hacia un latinoamericano país.  

Tras los visillos, disfrutaba del ambiente popular y de la festividad de la patrona del lugar. Aunque ella no quiso salir, asimilaba el recuerdo como un trago ya vivido en aquellas mismas calles. Después de innumerables cartas, llamadas, visitas, etcétera, fue, por fin, seleccionada. 

Hacía años que no salía con ningún hombre porque no encontraba la horma de su zapato y las impresiones de los 'solterones de la Villa' no eran de su completo agrado como para pasar una vida juntos. Muchos eran amigos e, incluso, rollos de una noche de verano cuando los años comenzaban a despertar. 

Dos desconocidos se atrevían a tener una cita televisada en un restaurante preparado por el programa.

Los nervios eran puntas florecidas el primer día que llegó al programa. Primera cita venía a ser. Dos desconocidos se atrevían a tener una cita televisada en un restaurante preparado por el programa.

Como si fuera un escaparate, los citados departían y trataban de entrever la química o la física, intentando ver si la chispa y las sonrisas cómplices surgían. Así, pues, otro programa sociológico por si no tuvieran más posibilidades los solteros de encontrar pareja.

Con estas particularidades, otros programas se lanzaron entreverando los mimbres de la idea, pretendiendo que los pretendientes se conociesen a través de avatares. ¿Qué crimen y castigo habían cometido para ser carnaza de concurso?

Posteriormente, ella fue a otros encuentros, a otras cadenas. Posibilitó las experiencias que el pueblo, quizás, no permitía. Después de varios entuertos y desenlaces fallidos regresó. Una orden de alejamiento de todo aquello fue el desenlace. Había perdido el contacto con una realidad que la búsqueda de su otro corazón en los platós acabó por desquiciarla. 

Entre tanto cambalache y dispendio de cables, ante tanta valentía sociológica, no me extraña que luego las parejas ya no quieran pasar por la parroquia. La Iglesia ya no es suficiente para casarse. Falta de fe, agotamiento ante tanta exposición pública; nuevas experiencias de usar y tirar que no sean tan complicadas; extremar la precaución de exceder en gastos y endeudamiento que impida un... ¿futuro tranquilo? 

Estas y otras preguntas surgen, al igual que a usted querido lector. 

Espero pronta visita. Mientras tanto aprovechen los instantes y disfruten en mi ausencia.