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01:46h. Martes, 21 de Mayo de 2019
Donna.
Donna.

Quiero relatar un suceso acontecido cerca de los instintos cotidianos de mi estampa, cercenando la fiabilidad de los nexos societarios. Con el destino como conocimiento de causa de la mala fortuna de topar con personajes de espíritu y mente débiles.

Como bien saben algunos de mis queridos lectores, hace unos meses tuve la oportunidad y la posibilidad de adoptar un perro. Una perrita negra, llamada Donna, cruce de labrador, teckel y pastor.

Siempre he sido de los de llevar la educación de una mascota por bandera, porque es reflejo del hombre que la sustenta. Fiel a mis principios, la adecué a la compañía de niños, perros, a propios y hasta extraños.

A la postre, siempre me da la razón la mítica frase del azaroso poeta Lord Byron: cuánto más conozco al hombre más quiero a mi perro. No debía faltarle la razón al gran vate de bohemia existencia.  He aquí la cuestión de la indiscreción de la ignorancia y la estulticia.

El discurso se repite y la máxima interfiere constante: muchos hombres son peores que niños y muchos hombres son manifiestamente menos capacitados que los animales.

El suceso en vigor que nutrió mi decepción así me lo demostró. Aunque he de decir, en su descargo,  que parte de culpa era mía. La culpa de mi persona achacable a la percepción confiada del semejante, seguro incorregible de la capacidad de la gente y de la tolerancia de los unos para con los otros, como suelo demostrar con mis actos y con la sociedad que me rodea.

Mi perra cuenta ya en el morral con  10 meses de existencia. De carácter afable, exagerada algunas veces en sus carantoñas, alocada en su carrera, cariñosa con la gente y sobre todo amante de los niños. Tozuda a ratos y tenaz en sus objetivos.

Educado el nervio y los tirones de cadena, la evolución de su temple llama la atención y su reposado gesto va haciendo de su acalorada pasión músculo  templado, como la comprensión de las órdenes germinadas, después de que la sangre golpea la primavera y fluye el nervio en actitud promiscua. Con esta templanza floreciendo con el tiempo decidí continuar con un entrenamiento más exigente.

Nunca me ha gustado llevar a mis perros atados más de lo estrictamente necesario. La libertad es un regalo que el perro agradece y ayuda en su socialización.

Fui saliendo desde la puerta de mi hogar con la perra suelta, al paso, junto a mí. Sabía que me la jugaba, porque dependía del fruto de la paciencia. Como conozco la desgracia de las reglamentaciones de llevar atado al can, prefiero cien perros sueltos que diez atados. Donna comprende las órdenes y danza sus pasos siempre azuzando su rabo con la algarabía de la sintonía y el trabajo bien hecho. A veces, se adelanta por su ansiedad pero sin perder la calma, curioseando y olfateando.

A la vuelta de mi paseo mañanero de excelentes resultados, entré en la urbanización donde vivo dejando maravillados, al conserje y a algunos vecinos, de la valoración de la educación que se había proyectado en el cánido.

Sentado el animal asimilando los saludos rutinarios de una vecina, unos gritos histéricos brotaron detrás de nosotros. Una pareja de vecinos agarraron a su pequeña mascota y la cogieron en brazos.

La curiosidad y las ganas de juego hicieron que se dirigiera a estos personajes. Siguieron los gritos y los improperios, generando una carrera por toda la comunidad con ganas de juego e involuntariamente siendo catalogada de lo que no es.

El animal en su inocencia no sabía muy bien que pasaba. Mientras que los que actuaban como verdaderos animales salvajes eran la impertinente pareja.

Después de pensar en ello, esta mañana bajé cumpliendo las normas y llevé atada a  mi mascota. Esperé como guardián de sueños la venida del par nervioso con el que me topé. Quería solventar cualquier mal entendido y demostrar el carácter noble de mi perrita.

Fue tan grande mi sorpresa y tan incívica la reacción de la susodicha que venía sin su par, que perplejo y malhumorado me dejó. No solo no pude entablar conversación con ella, porque el mismo método utilizó. Cogió su animal con rictus serio, y con cara amargada y ofendida se fue hacia su portal.

No tuve más remedio que decir que no todos pueden tener un perro, si no tienen educación y no saben de qué tratan las normas de urbanidad. Que el peligro son realmente ellos y sin socialización harán de su can temeroso e inseguro como sus amos. Y ese será el peligro.

Moraleja: Más valen cien perros sueltos que diez encadenados. Mi duda es, sí seguir con mi plan de educación en aras de la libertad y las relaciones afables o seguir atado para no temer a los temerosos. Ustedes dirán. 


FERIA DEL QUESO

No puedo evitar recordar la pasada Feria del Queso con la intensidad del sabor y el olor ambiental. Pero, dudo que la generación de una plaza abarrotada obtuviese los beneficios que pudieran haber tenido si la gestión hubiera sido más eficaz.

Personalmente, evité la muchedumbre y rechacé las interminables colas que nacieron del comunismo y el capitalismo. No quise alienarme en sus vicios y perder mi valioso tiempo en la espera. Sacrificando los gustosos manjares que complacido hubiera catado.

Pero creo que la organización se ha visto desbordada. Problemas diversos como las cuestiones de aparcamiento, los pocos puntos de venta, la masificación, el agobio absoluto.

Se hubiera evitado en parte con la inclusión del uso de las nuevas tecnologías tan extendidas o las tradicionales cigarreras puestas al servicio de la expedición de los tickets de una manera nómada. O la apuesta por locales comerciales de venta como años anteriores y no la filtración de algunos negocios para sus clientes exclusivos.

Así pues, algunas notas para mejorar en el futuro.

Les dejo ya para mejor ocasión, nuevo encuentro con ustedes. Mientras tanto disfruten de mi ausencia.