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12:10h. Lunes, 23 de septiembre de 2019

Arrebato de libros y la hoguera de las vanidades los consumió. Entre el fuego de bajas pasiones, el paseo de coches del Retiro resiste. Ácido y corrosivo el acoso hacia la cultural vida y el trance del destino se hace carcoma en las entrañas del sistema.

Como el hundimiento de la selectividad y los recuerdos de nuestra espera en biológicas palpitando los minutos en la certeza de unos apuntes o en la carambola de una pregunta que diera mayor visibilidad al esfuerzo y al logro de lo realizado. 

El calor no nombra la sensación de derrota y la bilis verdosa es consecuencia de la crisis lacerante. No hay virtud para el político si no consiente la responsabilidad de los votantes y su fe embargada, como hadas funestas que sostienen el pulso con la falacia de los pactos y las consecuencias de las ideas ciclotimicas. 

De nada sirve esconder la mirada bajo las gafas de sol mientras los grajos vuelan bajo al consuelo de una papeleta. El discurso es equívoco y la incertidumbre crece. Se abre la veda, campaña de elecciones, revuelo de librepensadores, ropa sucia tendida al sol y cantautores de medio pelo con el sentimiento en el bolsillo de unas monedas de desconocido valor, obran la serie al ruido de una nueva etapa histórica.

Conjuro de veintiséis nombrado día al descanso de un domingo.  Veintiséis de junio sopesan el futuro entre los intereses creados y las vanidades de los capitanes de navío.

Los aires de tempestad y los visos oscuros que marcan las horas de Europa son los gigantes en busca del oximorón que dé fuerza a las teorías que nadie cree. Entre la sutileza de la corrupción consentida y el miedo a las hordas bárbaras, el equilibrio se rompe a cobijo del crepúsculo de la libre elección.

Sólo trece encausados en la vida política renuncian a su indemnización en los seis meses de poltrona senatorial.

Quedará para la posteridad un nuevo canto a la egolatría o quizás será sentencia de democracia en los oídos sordos de un parlamento consentido. Mientras, solo trece encausados en la vida política renuncian a su indemnización en los seis meses de poltrona senatorial. Como siempre el pecunio será lo trascendente. Carne cruda de emociones suicidas. Discóbolos que quieren marcar tendencia ilusoria y los llamaran demagogos. 

Qué vaticina el 26 de junio con el calor requemando las seseras y poniendo en juicio una vez más el talante democrático de esta transición eterna, es la pregunta. Lo malo es que no podremos decir como en Casablanca que nos quedará París. La historia es la única capaz de emitir un juicio de valor,  pero para ello deberemos pasar la prueba de unas elecciones cada vez más denostadas y temidas. Ora ya la hora de la verdad ora ya la verdad de los votos sinceros.

Con mi pacto de silencio mojo el preñado bollo en la leche que dé de mamar una decisión juiciosa. Pringada la tostada en el talante de mi gesto, aguardo la respuesta en el atisbo de una luz ahora despistada. Y así la indecisión crece como prende la vela en el camisón español, como una sombra alargada de un ciprés, como los crisantemos de un oscuro deseo, como las divinas palabras que son deseadas para solventar enigma. Como el consentido voto del niño corrupto arrepentido, que maldice su herencia como el tahúr vanidoso que se vanagloria, como el disoluto perroflauta que crece en su arrogancia, como el hijo de bien que consiente sus modos y no fija la rosa de los vientos, como el tapado que dará fuerza al que temen. 

Hagan juego ciudadanos. Hasta nuevo encuentro disfruten de mi ausencia. 

Por favor salven la democracia de tantas dudas y enigmas. Sean consecuentes con los ciudadanos y cumplan con los papeles asignados por el bien de todos. Y olviden los egos del duelo de las avaricias