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04:51h. Viernes, 19 de julio de 2019

El tiempo de otoño se anunciaba en múltiples referencias. Las hormigas volanderas habían salido e inundaban las calles y los campos.

En los huertos del borde de la ciudad, en Papalbas y las Huertas, las granadas enrojecían como los atardeceres, mientras los membrillos comenzaban a amarillear y pronto olería en las casas a compotas y dulces de membrillos.

En el berrocal, las primeras aguas habían apagado el polvo y los canchos reverdecían con los musgos almohadillados y los líquenes que se hinchaban. Aún no se oían los sonidos de los trashumantes que desde hacía un mes bajaban por las cañadas desde los Barrios de Luna, por las sierras de León, y de las tierras de Cameros, en el borde de la meseta.

Chaparras y encinas estaban ya adornadas con bellotas que perdían su verde intenso y amarilleaban más cada día; a sus pies, entre un pasto blanquecino y escaso, apuntaban los primeros verdes.

Aquel 6 de octubre de 1628, el concejo volvía a reunirse a campana repicada, como tantas veces venía haciendo y haría en siglos posteriores. Presidía el concejo su alcalde mayor, Gabriel Aldaba, y la asistencia de regidores era ese día numerosa (diecinueve caballeros acudieron), quizás porque el tema interesara.

El campo y el tiempo estaban en sazón. Como todos los años había que tomar los acuerdos precisos para el aprovechamiento de los montes y la bellota. La ciudad siempre se mostró cuidadosa con su montes y dehesas, conservó los escritos que afirmaban su propiedad y derechos, defendió sus lindes y mojones contra abusos y ocupaciones y, sobre todo, cuidó con mimo y esmero que los usos en el monte se acomodaran a la costumbre ya reglada y que una y otra vez, cada año, se veían en concejo para precisarlo y ajustarlo.

Ese año, en octubre, pasado ya San Miguel como establecían las ordenanzas, la maduración del fruto marcaba el desacote de los montes, aprovechamiento principal para el ganado de cerda. El ordenamiento es claro, fijando de modo preciso los tiempos y el modo en que se ha de aprovechar el fruto: de abajo arriba de la encina y con varas de medidas progresivamente más largas. Con toda seguridad así se aprovechaba al máximo la bellota que no se caía toda a la vez, como ocurriría si se hubiera hecho de otro modo, a la vez que se prolongaba su aprovechamiento por los ganados. Y cuando, coronando la encina, se concluía con el aprovechamiento de la bellota y el ramón que caía, podrían otros entrar a recoger el fruto en un espacio que, por último, se desacotaba y aprovechaba con el resto de los ganados.

Un uso completo, gradual e integral, en el que el arbolado siempre se preservó estableciendo además en ordenanza el grosor de las varas  (“del gordor de la muñeca del braço de un onbre, la más gruesa que se pueda haber”, se había señalado en 1516) y otras medidas que aseguraran el mantenimiento y el uso ajustado de los montes.

Era el tiempo de la montanera y con aquel uso y costumbre, con aquellos acuerdos tomados a campana repicada, se mantenían muchas de las dehesa que cinco siglos después podemos seguir disfrutando.

1628, octubre 10. Trujillo

Marcos de bellota. Acordose que por esta vez se dé la bellota de los montes del suelo y término desta çiudad al ganado de zerda, ezecto el del monte de Toçuelo que está acopiada en virtud de facultad real de Su Magestad, por los marcos y en la forma siguiente.

1. Que se dé el primero marco, que sea de una vara[1] de medir, el miércoles, digo el martes diez deste presente mes de otubre y dure hasta diez y ocho deste dicho mes.

2. Y el dicho día diez y ocho de otuvre se da el segundo marco y se pueda varear con palo de dos varas de largo, el qual dure hasta veynte y çinco del dicho mes.

3. Y el dicho día veynte y çinco de otubre se da el terçero marco y se pueda varear con palo de tres varas de medir en largo y dure el dicho marco hasta primero de noviembre deste año.

4. Y el dicho día primero de noviembre se da el quarto marco y se pueda barear con palo de quatro varas de medir y dure el dicho marco hasta nueve del dicho mes de noviembre.

Y los días diez y onçe del dicho mes se da a los coxedores y el día doze del dicho mes se desacota alto y baxo para todo género de ganados. Y mandaron se apregone y envíen yjuelas a las villas y lugares para que venga a notiçia de todos.


(Archivo Municipal de Trujillo. Leg. 68. Fol. 497v.)