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01:42h. Jueves, 17 de Agosto de 2017
Postal de principios del siglo XX del Hospital y la iglesia de San Andrés.
Postal de principios del siglo XX del Hospital y la iglesia de San Andrés.

Las ciudades no serán sino construcciones sociales realizadas a lo largo del tiempo. En ellas se reflejan el devenir de la historia, los grandes y pequeños acontecimientos, los tiempos de abundancia y penuria, los de enfrentamiento y paz.

Todo ello forma un continuum de hechos que a lo largo de siglos, e incluso milenios, jalonan y conforman los espacios urbanos y los grupos sociales que en ellos habitan y el modo en el que lo hacen.

Algunas de estas ciudades milenarias, como Trujillo, encorsetadas, defendidas y cosidas por las murallas, fueron utilizando y ocupando los espacios interiores y restringiendo los abiertos, los pequeños ensanches y las plazas.

Trujillo pronto saltó la muralla, se extendió hacia el sur por la plaza del arrabal y las calles que desde ella se iniciaban, creciendo extramuros y en algunos de los pequeños enclaves próximos que conformaron luego núcleos diferenciados.

Y el espacio intramuros pasó de estar controlado por unas y otras familias y linajes a ser una zona progresivamente abandonada. Un espacio olvidado en el que los muros fronteros de casas fuertes y palacios se fueron arrumbando y “la villa”, la ciudad intramuros, se fue destruyendo y deconstruyendo, porque las casas humildes aparecían y se abandonaban conventos, casas fuertes e iglesias.

Y allá por comienzos del siglo XX se pensó que ese espacio, escaso y avariento en plazas, podía contar con una entre el palacio de las Chaves-Mendoza, antiguo convento de los Descalzos y entonces Hospital, y la casa fuerte de los Escobar.

Un plaza que enseñoreara estos edificios y que abriera aún más la puerta de Santa Cruz, llamada ya entonces de San Andrés. Tan solo había un par de obstáculos que dificultaban la puesta en marcha de este proyecto de deconstrucción urbana. Unos obstáculos en forma de iglesia -que en ese momento de abandono de los barrios altos ya no cumplía los fines de culto que originariamente tuvo- y de una valiosa y preciada "cisterna" entonces considerada “perjudicial y sin ninguna ventaja conocida".

Había que derribar la antigua iglesia de San Andrés y cegar la Alberca. Todo sucedía unos 70 años antes de que “la villa” de Trujillo viera crecer alocadamente casas y muros cerrando cercas y callejas, eliminando vistas, rehabilitando conventos y casas fuertes como alojamientos, espacios de vivienda en una villa y ciudad amurallada siempre repensada, querida, olvidada, deseada y en permanente transformación.

1906, febrero 13. Trujillo

Proposición.

Terminado el despacho ordinario, el Sr. Pérez Mediavilla propuso a la corporación que toda vez que se halla anunciada la venta por el Estado de la antigua iglesia parroquial de San Andrés, debiera adquirirla el Ayuntamiento, destruirla, conservar únicamente el atrio, en el cual y según la tradición cuenta se reunían los señores de la ciudad y autoridades para salir o acordar la defensa de la misma, dejando lo demás como plaza de adorno para el Hospital que le da fachada y para el atrio en donde debiera construirse monumento bastante a recordar aquellos hechos; que debiera a la vez desaparecer, cegándola, el depósito de agua llamado Alberca, perjudicial por más de un concepto y sin ninguna ventaja conocida, pudiendo sustituirla ventajosamente para bañarse construyendo establecimiento más apropósito en otro sitio donde gratuitamente y sin peligro, y con el decoro debido, pudiera tomar baños el que lo deseara.

El Ayuntamiento acordó que la Comisión con el sr. arquitecto estudien este asunto y haciendo un proyecto y presupuesto aproximado de lo que podría importar el gasto, someterlo al Ayuntamiento antes del ventitrés del actual en que ha de celebrarse la subasta de la iglesia.

(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1513.1, fols. 56v-57r.)


Llegado el día 23 de febrero, en la sala del ayuntamiento donde habría de celebrarse la subasta de la antigua iglesia de Santa Cruz o Vera Cruz, entonces llamada de San Andrés, el propio alcalde de la ciudad, don Fernando Orellana y Orellana dio comienzo al acto por el que el Estado procedía a subastar el templo trujillano de acuerdo a las leyes desamortizadoras iniciadas en el siglo anterior y que había sido publicado en el número 1469 del Boletín Oficial de Ventas de Bienes Nacionales de esta provincia.

Todo el edificio está sin cubrir, estando los muros en ruina incipiente. Da su fachada al sur y linda por su derecha entrando y por la izquierda con la plazuela donde está situada, llamada de los Descalzos, y por la espalda con calle pública de la Alberca”, nos dice la documentación. El objeto de la subasta era un edificio y terraza aneja de 351 metros cuadrados dividido en tres piezas que dos peritos (el arquitecto municipal de Trujillo, don José López Munera, en nombre del Estado, y el práctico don José Galeano, nombrado por el ayuntamiento) habían tasado en 545 pesetas y 75 céntimos.

La Opinión. 1908         

No nos dan las actas municipales las razones por las que la proposición del concejal don Luis Pérez-Alóe Mediavilla no tuvo el apoyo de la Comisión a la que se trasladó su estudio y un único licitador se presentó al acto: el sombrerero trujillano don Ramón Cano Cordero ofrece al Estado la cantidad con la que se iniciaba la subasta, comprometiéndose a abonar las 545 pesetas y los 75 céntimos en cinco plazos.

“La villa” se quedó sin su gran plaza, la Alberca siguió siendo lugar de baños estivales y la ciudad contó con una nueva y curiosa fábrica de sombreros que se vendían en la gran sombrerería de Ramón Cano de la calle Tiendas.