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17:07h. Jueves, 17 de Enero de 2019

El puente de Palmas, el puente de todos

Puente de Palmas de Badajoz. Detalle. Piante d'Estremadura e di Catalogna, de Lorenzo Possi. 1687.
Puente de Palmas de Badajoz. Detalle. Piante d'Estremadura e di Catalogna, de Lorenzo Possi. 1687.

Siempre los puentes sirvieron para unir, para restañar heridas y costuras en los territorios que los ríos parecían abrir y sangrar.

Los puentes han sido como las grapas que a lo largo de la historia los seres humanos han hecho luchando contra los elementos, contra las riadas y las avenidas, contra los bordes abruptos e incluso contra la propia intolerancia de los pueblos cuando han dirimido sus conflictos con guerra, violencia y destrucción.

Los puentes son el mejor ejemplo del trabajo y el esfuerzo común y hay puentes que han tenido un valor aun más simbólico por su importancia en la proximidad de la frontera y en el acercamiento que siempre se debiera producir entre las naciones.

La construcción de los puentes siempre fue preocupación de pueblos y ciudades que quisieron que las vías que llegaban o salían de unos y otras pudieran sortear los obstáculos y coser ríos y arroyos.

En ocasiones, la magnitud de la empresa exigía el esfuerzo común y desde tierras lejanas llegaban recursos que amortiguaran las dificultades y penurias de aquellas ciudades que habían visto sus puentes destruidos. Por eso, se hicieron trasvases de dineros de una a otra cuenca y, en más de una ocasión, desde las tierras del Tajo se allegaron fondos suficientes a las tierras del Guadiana para reconstruir puentes de vida y comunicación no siempre destruidos por el hombre.

Porque en ocasiones, como tantas otras veces hizo, el Guadiana reclamó márgenes y orillas y, aventado, llevó aguas abajo restos de barcas, pontones y puentes que una y otra vez hubo que restañar y reconstruir.

 “Badajoz es una grande, hermosa y antigua ciudad, situada en la frontera de Portugal, sobre el Guadiana, con un magnífico puente de obra de albañilería”, describía en 1580 el militar alemán Erich Lassota de Steblovo.

Ese magnífico puente, el de Palmas, sufrirá una y otra vez los embates de las aguas o de los hombres y una y otra vez se pedirá también a los hombres, cercanos y lejanos, que ayudasen a su reconstrucción.

En diciembre de 1831 Trujillo acudía a Badajoz para realizar consultas ante el Intendente de Extremadura.

Será un vecino de esta ciudad, Jesús Remón, representando a Trujillo, quien traslade al Intendente la duda trujillana sobre quiénes de sus vecinos estarían obligados a contribuir para recaudar la cantidad de 232.114 reales asignada a Trujillo para ayudar a “la composición del puente de Palmas de esta plaza”, obra que debería sufragar toda la provincia extremeña. ¿Deberían contribuir, con el resto de los vecinos, las clases privilegiadas trujillanas? ¿Y los empleados civiles de la ciudad? ¿Deberían contribuir igualmente “los vecinos forasteros que poseen fincas en el término de Trujillo"?

El puente de Palmas debería recibir la contribución de todos los trujillanos y de quienes poseyeran tierras en su término.

La respuesta que recibe la ciudad en Badajoz es clara: el puente de Palmas debería recibir la contribución de todos los trujillanos y de aquellos que poseyeran tierras en su término.

Pero no era ésta la primera vez que desde Trujillo se ayudó a Badajoz a reconstruir su hermoso puente. En diciembre de 1603, una fuerte crecida del Guadiana destruyó 16 de sus 24 arcos y fue necesario poner en marcha una reconstrucción que se realizaría entre 1609 y 1612, bajo la dirección del corregidor de Badajoz don Fernando Ruiz de Alarcón.

Pero antes fue necesario recabar la ayuda de otras tierras y a Trujillo llega en septiembre de 1607 Antonio de Gironda, vecino de la ciudad de Badajoz, comisionado por su corregidor, García de Silva Figueroa, reclamando que Trujillo abonase la cantidad que le correspondía en el repartimiento hecho en la provincia para proceder el reparo del puente de Palmas.

El lunes 17 de septiembre de 1607, ante el corregidor don Antonio de Achotegui y Olaso y veinte de los regidores trujillanos, uno de ellos, Vasco Calderón Enríquez, da a conocer la presencia en Trujillo del comisionado pacense. Y también en esta ocasión, como luego ocurriría en 1831, el ayuntamiento de la ciudad tiene importantes dudas sobre quiénes habrían de ayudar a rehacer el puente de Palmas de Badajoz.       


1607, septiembre 17. Trujillo

Puente de Badajoz.

Hizo relación Vasco Calderón Enríquez cómo está en esta ciudad un receptor con comisión del corregidor de la ciudad de Badajoz, juez de comisión sobre el reparo de aquella puente, a cobrar dozientos ducados que se están deviendo de los quatrocientos ducados que fueron repartidos a esta dicha ciudad, como parece por las provisiones reales que para esta cobrança traxo traslado de ellas. Y aviéndose tratado y conferido se dudó si se podía pagar de propios o si se havía de repartir entre quien lo deviese pagar. Y para resolver esta duda fueron llamados los letrados de esta ciudad y entraron en este ayuntamiento los dotores Vázquez y Camargo y aviéndoseles hecho proposición de lo dicho, dixeron que lo que por derecho está dispuesto en este caso es que semejantes repartimientos se  paguen de propios de ciudad y que no los aviendo se puedan repartir por todos los vezinos, así pecheros como nobles y aún por los eclesiásticos, porque desto ninguna persona es excusada. Y que pues esta ciudad tiene propios, les pareçe que se puede pagar de ellos aunque no aya facultad porque el mismo derecho la da.

Y visto por la ciudad el dicho pareçer, se acordó que Vasco Calderón Enríquez haga pagar el dicho dinero y los salarios del receptor conforme a su comisión y que para ello se despache librança en forma y se avise al mayordomo lo pague luego donde no que corran por su quenta los salarios.

 (Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 66, fol. 369.)