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19:06h. Miércoles, 22 de Noviembre de 2017

Primera línea de autobuses de España: Cáceres a Trujillo

Omnibús de 24 caballos de la línea Cáceres a Trujillo. Con 8 asientos y 3 velocidades, se matriculó CAC-8. Con neumáticos delanteros y llantas macizas en ruedas traseras, costó 25.000 pts. (España Automóvil. 15/1/1908)
Omnibús de 24 caballos de la línea Cáceres a Trujillo. Con 8 asientos y 3 velocidades, se matriculó CAC-8. Con neumáticos delanteros y llantas macizas en ruedas traseras, costó 25.000 pts. (España Automóvil. 15/1/1908)

En la España de 1900, el automóvil iniciaba tímidamente su historia en nuestro país, aunque ya se producía en número importante en otros países europeos y en EEUU. Y en esa historia, los extremeños decidimos apostar por la velocidad.

Es de sobra conocido que el primer coche matriculado en la península lo fue en nuestra provincia (el primero en España fue un Clement de tipo cuadriciclo matriculado en Palma de Mallorca), un triciclo Clement que matriculó el placentino Juan Muñoz Serván el 18 de noviembre de 1900 y que luciría la matrícula CAC-1. Pocos días después se añadiría un tercer vehículo en Salamanca, constituyendo estos tres ejemplares nuestro inicial “parque automovilístico”. Al año siguiente, 47 nuevos y flamantes vehículos inundaron nuestras ciudades y carreteras, debiendo esperar Madrid y Barcelona hasta 1907 para admirar por sus calles al “diabólico” invento.

También nuestra provincia tuvo el honroso honor de disfrutar del primer taxi, el Dion Bouton que la “Unión Extremeña” de Coria matriculó con el CAC-2 en 1904.

Al año siguiente, las calles trujillanas fueron sorprendidas por el Renault de 12 HP, matrícula CAC-4, que adquirió Francisco Cano Bote. Un nuevo invento y una nueva oportunidad de negocio que estuvo pronto clara para los socios de la compañía trujillana “Artaloytia Sánchez y Cortés”. 

Constituida en 1905, la Sociedad tenía como fines la “compra-venta de lanas, cereales y toda clase de productos del país y extranjeros y la explotación de cualquier otro negocio lícito”. La formación de los dos socios, Manuel Artaloytia Sánchez y Enrique Cortés Pérez, fue semejante a la de otros muchos jóvenes que casi desde niños trabajaron como dependientes en los comercios de la ciudad. Aunque con cierta diferencia de edad, ambos socios coincidirían en el negocio que el padre de Manuel tenía con sus hermanos en la calle Sillerías nº 1.

Llegados desde Villoslada de Cameros, los hermanos Manuel, Felipe, Eustasio, Lope, Braulio y Agapito Artaloytia García fueron aprendiendo el negocio también como dependientes. El mayor, Manuel, fue el primero en llegar a Trujillo y con 15 años ya trabajaba en el comercio del barcelonés Pedro Llacayo, en la calle Tiendas.

Aprendido el oficio, como muchos otros harán en esos años, crea su propio y próspero negocio y comienzan a llegar sus hermanos desde tierras cameranas.

Y a medida que el negocio crece, se multiplican los dependientes. Allí, en la tienda almacén de “Artaloytia Hermanos” de la calle Sillerías, Enrique Cortés comparte vida y trabajo con sus compañeros dependientes: los más pequeños de los Artaloytia -Bruno y Agapito-, José Díez Chaves, de Arroyo del Puerco; Antonio Hurtado Rodríguez, de Brozas; Francisco Dorado Gil, de Abertura (el más joven); Feliciano Gil Artaloytia, sobrino de los jefes y camerano como ellos, y Herminio Álvarez Gómez, de Piedrafita de Babia, quien con 17 años se iniciaba en un oficio, el del comercio, que luego, ya en Madrid, compartiría con sus primos Belarmino y Emilio, creando la famosa casa de perfumes 'Álvarez Gómez'. Todos ellos convivieron y aprendieron un oficio en el que pronto la mayoría encontraría su futuro, algunos además con éxito.

 Quizás el automóvil del señor Cano Bote que circulaba por las calles trujillanas hizo pensar a los socios de la Sociedad Artaloytia Sánchez y Cortés que podría ser un buen negocio aprovechar las grandes posibilidades que ofrecía este novedoso medio de locomoción para el transporte de personas y mercancías y ya que el ferrocarril estaba aún lejano y supondría una gran inversión, decidieron arriesgar y poner en marcha la que sería la primera línea de automóviles de viajeros de España, entre Cáceres y Trujillo.

 “La riqueza de la zona que rodea á Cáceres y poblaciones tan importantes de su provincia como Trujillo, y la escasez de medios de comunicación que hicieran efectiva esa riqueza creando un movimiento de personas y productos, hizo pensar á unos buenos ciudadanos, los señores Artaloytia Sánchez y Cortés, en la necesidad de remediar tal estado de cosas” (España Automóvil. 15/1/1908).

Pero no fue fácil iniciar la empresa y antes de poner en marcha el proyecto fue necesario un gran trabajo: había que pensar en la inversión a realizar, la adquisición de los vehículos, la logística necesaria, la búsqueda de materiales y hombres especializados en este nuevo mundo del motor. Por eso, aunque comienza a hablarse ya del proyecto en 1906 y la prensa espera que esté listo para las ferias de junio de Cáceres y Trujillo, el proyecto se retrasa porque quienes lo ponen en marcha son exigentes.

Con Manuel Artaloytia Sánchez y Enrique Cortés se embarca en el proyecto el cacereño Felipe Ramos y desde el principio contarán también con la importante ayuda de Mr. Enrique Traumann, representante en España de la casa Suddeuts Automóvil Fabrik Gaggenau, constructora de automóviles y la elegida para proporcionar los tres flamantes vehículos que iniciarían el servicio.

En febrero de 1907 comienzan las pruebas con un automóvil traído por Mr. Traumann y que permitiría a la prensa conocer cómo sería el futuro servicio. Todo un trabajo de “marketing” que dará sus frutos en los días siguientes cuando los periódicos se hagan eco de tan “lisonjero éxito”.

La experiencia debió ser, cuando menos sorprendente. A las 12,40 horas salía desde Cáceres una entusiasta expedición conducida por el 'chauffeur' Mr. Gassedat, “que se cubría con una hermosa piel de oso”.

Desde los primeros momentos pudo observarse que el chauffeur era habilísimo y el coche útil. Estas dos observaciones pudieron confirmarse en el trayecto al ver con qué maestría sorteábamos las curvas rapidísimas de la carretera y con qué facilidad subíamos las grandes cuestas, sin necesidad, casi, de cambiar la tercera velocidad.

El puente sobre el Tamuja, que por las vueltas que hace y lo estrecho que es llevaba preocupados a los viajeros, se salvó sin el menor tropiezo á la ida y á la vuelta y con tal precisión que los expedicionarios tributaron un aplauso cerrado al peritísimo maestro que guiaba(El Adarve. 21/2/1907).

Un recorrido de una hora y 55 minutos a la ida que alcanzó la increíble velocidad de 23 a 24 kilómetros.

Un recorrido de una hora y 55 minutos a la ida y una hora y 47 min. a la vuelta (“Un soplo” dice el periodista) que, alcanzando la increíble velocidad de 23 a 24 kilómetros por hora, sustituían a las cuatro horas y media del correo de entonces.

Y por si aún dudase el lector de lo poco peligroso de la aventura, el periodista asistente al viaje de prueba reseña en la crónica, “para garantía de los tímidos”, quiénes fueron los importantes viajeros que acompañaron a los periodistas: además del propio Enrique Cortés y Felipe Ramos, disfrutaron del viaje don Adolfo López Montenegro, don Luis y Juan Antonio Pérez-Aloe (desplazados a Cáceres desde Trujillo en el automóvil que este último acababa de adquirir), don García Muñoz de San Pedro (conde de Canilleros); don Pedro de la Peña, don Luis Grande Baudesson (propietario y director del periódico El Adarve); el director del Instituto de Segunda Enseñanza de Cáceres, don Manuel del Castillo, y su compañero en el mismo, el trujillano don Cipriano Guerra.

Fueron en total 14 invitados que a su vuelta de Trujillo pudieron comprobar la expectación que la nueva empresa despertaba en la ciudad: “Numerosísima concurrencia con las hermosas trujillanas á la cabeza salía á las calles y balcones para despedir á los expedicionarios” (El Adarve. 21/2/1907).

Sin embargo, aún debieron esperar los ansiosos viajeros para utilizar un servicio que no comenzó a prestarse hasta el día 15 de diciembre de ese año de 1907, porque todo debía hacerse en las mejores condiciones: “Según hemos oído, la Empresa del servicio de automóviles de Cáceres á Trujillo, va á cambiar en los coches la luz de acetileno que tenían, por la eléctrica. A esto se debe el que no empiecen á correr hasta Octubre los citados automóviles” (El Adarve. 12/9/1907).

Y fue así como Trujillo se acercó a la modernidad, ya que un moderno servicio fue lo que ofrecería la empresa desde ese momento: tres chauffeurs, un interventor en cada uno de los automóviles, buenos mecánicos y mozos de equipaje en ambas ciudades y servicio de carruajes en la de Cáceres para enlazar con la estación de ferrocarril. Todo un adelanto para un trayecto de 48 kilómetros con tres paradas: desde Cáceres, apenas un minuto en el caserío de Marimarco, donde esperaba un cubo de agua por si era necesario refrescar los “bandajes de goma”, cinco minutos en la Venta de la Matilla, que contaba con depósito de bencina, aceite y piezas de recambio, y una última y rápida parada en Serrezuela, desde donde ya se divisaba el cercano Trujillo.

Omnibús de 40 caballos de la línea Cáceres a Trujillo. Con departamento de 1ª con 6 asientos y de 2ª para 10 pasajeros. Llevaban timbre de alarma, ventiladores y rejillas para colocar pequeños paquetes. Con tres velocidades y marcha atrás, costaron 35.000 pts. (España Automóvil. 15/1/1908)

Además, y para dar servicio a la “flota” de la empresa, la Sociedad 'Artaloytia Sánchez y Cortés' establecerá en Trujillo un completo taller. Allí, nos dice la prensa del momento, “hay fosos de limpieza, almacenes de repuesto, depósitos de aceite y bencina, cuarto para mecánicos y taller”. Y asombra al periodista que la organización sea “perfecta, se adivina hasta en los más pequeños detalles; en mi visita á las habitaciones de mecánicos pude ver el Reglamento de régimen interior, señalando á cada empleado sus obligaciones, conciso y terminante...” (España Automóvil. 15/1/1908).

Pero más asombra aún al cronista el lugar elegido para la ubicación del taller, porque en el mes de julio de ese año de 1907, el gerente de la Sociedad, Enrique Cortés, había solicitado del ayuntamiento trujillano la cesión en arrendamiento de parte de las instalaciones del antiguo Colegio Preparatorio Militar y así nos lo cuenta el arca.

En la sesión que el consistorio celebra el día 23 de julio, presidido por su alcalde, don José María Grande de Vargas, se lee y estudia la solicitud presentada por la Sociedad mencionada y se procede a discutir el asunto una vez que han abandonado el salón dos de los concejales. Agapito Artaloytia García y Julián García de Guadiana Moreno son tío y cuñado de uno de los integrantes de la compañía y por tanto se considera incompatible su presencia en la discusión del tema. Para el resto de los concejales la decisión es clara: la petición “reviste el carácter de utilidad pública, en cuanto establece el servicio de Automóviles, facilitando los medios de transporte de viajeros y mercancías” y por ello no dudan en establecer las condiciones en que se realizaría el contrato.


1907, julio 23. Trujillo

(...) Primera: Es objeto de este contrato la dependencia del Colegio que fue Preparatorio Militar conocida por Gimnasio y el patio grande con sus cuatro naves y habitaciones que á estas comunican, á escepción de la Iglesia y el zaguán de entrada, que quedarán incomunicados.

Segunda: La duración de este contrato será de seis años que comenzarán á contarse el día primero de agosto más próximo venidero, mil novecientos siete, y que se considerarán prorrogados por la mitad más, ó sea otros tres años, siempre que no medie aviso por cualquiera de las partes contratantes dentro de la primera mitad del último año, sexto del contrato.

Tercera: Si durante el tiempo de este contrato el Ayuntamiento tuviera que utilizar todo ó parte del edificio Colegio Preparatorio Militar, para cederlo á alguna Institución de enseñanza, á la instalación de Tribunales de Partido, en el caso de que se crearan, ú otros fines análogos que á juicio del Ayuntamiento y Junta Municipal fueran de mayor utilidad pública que la que el Ayuntamiento desde luego reconoce que reporta esta Empresa y su instalación fuera incompatible con la ocupación por el arrendatario de las dependencias objeto de este contrato, podrá rescindirse el mismo avisando con tres trimestres de anticipación y sin que los arrendatarios puedan exigir indemnización por ello.

Cuarta: Por precio del arriendo pagará la Sociedad arrendataria al Excmo. Ayuntamiento seiscientas cincuenta pesetas en cada uno de los años del arrendamiento, que serán satisfechos por trimestres vencidos.

Quinta: El Ayuntamiento entrega el local objeto de este contrato en el estado en que se encuentra, pudiendo el arrendatario si lo considera conveniente colocar puntales tanto en el piso bajo cuanto en el principal, ó llevar á cabo cualquiera otras obras de seguridad, siempre bajo la dirección y el visto bueno del Arquitecto Municipal.

Sexta: Las obras que la Sociedad arrendataria lleve á efecto dentro del local arrendado, no podrán variar la esencia del mismo y serán de su cuenta, obligándose al terminar el contrato á entregar el local en las mismas disposiciones que lo recibe, si al Ayuntamiento no le conviniera hacerse cargo de él en las condiciones que lo dejen; porque si le conviniera, quedarán todas las obras a su favor. Exceptuase de esta condición las maderas que el arrendatario hubiese puesto, si hiciese uso de la facultad que le otorga la base anterior, pues esas maderas serán siempre de la propiedad de la Sociedad arrendataria, si bien no podrá quitarlas una vez puestas sin la intervención del Arquitecto Municipal.

Sétima: Si durante los años del arrendamiento el local sufriera desperfectos de tal consideración que se inutilizara para servir para el objeto que se arrienda, la Sociedad arrendataria no podrá exigir que se hagan obras por el Ayuntamiento para reponerlo, sino que será rescindido el contrato sin que el arrendatario pueda exigir indemnización alguna.

Bajo estas condiciones y las demás generales del Código Civil por las que se rigen esta clase de contratos, cede el Ayuntamiento y adquiere la Sociedad Artaloytia Sánchez y Cortés la parte del Colegio que fue Preparatorio Militar y se determina en la base primera de este contrato y se comprometen á cumplir fielmente, sometiéndose para cualquier incidente ó reclamación á que diera lugar á los Tribunales de esta ciudad donde al presente tiene su domicilio la Sociedad arrendataria. (...)

(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1514.1. Págs. 52-54)