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04:39h. Viernes, 19 de julio de 2019

El Viernes Santo, que fué 8 de Abril, estuvo la reina á las procesiones y á casi todos los oficios de las Tinieblas. Aunque sentía alguna molestia, disimulaba, porque tampoco se creía en el término, sino para el 15 ó 20 del mes; mas, como las mujeres son buenas aritméticas en el pagar del crédito como en el cobrar del débito, la cuenta no quiso mentir”.

Quien esto contaba, el portugués Tomé Pinheiro da Veiga, fue testigo, en 1605, del nacimiento de un príncipe en Valladolid, el primer hijo varón del rey Felipe III y de su esposa Margarita de Austria. “Dicen las viejas en Castilla que los que nacen en Viernes Santo son zahorís, que son los que ven las aguas y huesos debajo de la tierra”, señalaba Pinheiro, aunque nunca demostró el nuevo príncipe Felipe tener tales habilidades.

Los días y semanas siguientes fueron en Valladolid de fiestas y celebraciones, que se extendieron por el reino junto a la noticia del nacimiento del heredero.

Trujillo lo celebró pronto. Se encendieron siete hachas de cera en las casas del ayuntamiento la noche en que Juan González, maestro de postas de la ciudad de Plasencia, trajo las albricias del nacimiento del príncipe y hubo danzas y luminarias, pero el gran festejo vendría después, decidiendo el día 22 de abril seguir el ejemplo de lo que Valladolid preparaba para el mes de junio, una gran celebración:

  “Este día se acordó que por las alegrías del naçimiento del prínçipe nuestro señor se haga una fiesta y reguzijo de livreas y juego de cañas con toros y se den las livreas a veinte y quatro cavalleros a quenta de los propios de esta çiudad. Y que estos veynte y quatro cavalleros vayan repartidos en quatro quadrillas cada una de color diferente y nombraronse por quadrilleros al señor corregidor, al señor don Sancho Piçarro, al señor don Diego Piçarro y al señor don Pedro de Loaysa. Y que las libreas sean de telas de raso de oro, que queste la vara de çinquenta y çinco a sesenta reales”.

Era esta una celebración que requería de gran preparación pero se daba respuesta así al deseo del monarca de que todo el reino se uniese a su alegría por el nacimiento del príncipe.

1605, mayo 2. Trujillo

Carta de Su Magestad sobre el naçimiento del prínçipe nuestro señor

El rey

Conçejo, justiçia e regidores, cavalleros, escuderos, ofiçiales y onbres buenos de la çiudad de Trugillo, este Viernes Santo, ocho del presente, entre las nueve y las diez de la noche fue Nuestro Señor servido de alunbrar con bien y brevemente a la serenísima reina, mi mui cara y mui amada mujer, de un hijo por que le e dado y doi ynfinitas graçias y estoi desto con el contentamiento que es razón, y tanbién de que ella y el prínzipe queden buenos, de que os avemos querido avisar como a tan fieles vasallos nuestros. Y os encargamos proveáis y deis orden que en esa çiudad se hagan por esto la demostraçión, alegría y reguçijo que en tal caso se acostunbra, que dello nos tendremos de bosotros por servido. De Valladolid a treçe de abril de mil y seisçientos y çinco. Yo el rey. Por mandado del rei nuestro señor, Juan Ruiz de Velasco, por el rey. Al conçejo, justiçia y regidores, cavalleros, escuderos, ofiçiales y onbres buenos de la çiudad de Trugillo.

(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 66, fol. 167)

Quizás porque parecieran pocas las cuatro cuadrillas señaladas días atrás, la ciudad decide que sean seis, compuestas cada una por cuatro caballeros, principalmente regidores.

Serán también los regidores quieres en las semanas siguientes hayan de buscar todo lo necesario para tal festejo, comisionando a Juan Pizarro de Orellana, Álvaro de Hinojosa y Torres, Pedro Martínez Calero y Diego del Saz Carrascopara que en las çiudades de Valladolid o Toledo o en otra qualquier parte del Reyno conpren todas y qualesquier telas de raso de oro y terçiopelos y demás cosas que fueren neçesarias y les pareçiere para la fiesta del reguzijo y juego de cañas”, mientras que Pedro de Loaisa y Tapia y Álvaro de Hinojosa recibieron el encargo de buscar “en la villa de Herrera y en otras qualesquier partes de este Reyno...hasta en cantidad de veynte toros para las fiestas de esta dicha çiudad”.

Y en todas estas decisiones, siempre está presente la voz discordante de otro regidor, Francisco de Loaisa, para quien los gastos que ocasionaría tal festejo no deberían ser asumidos por una ciudad como Trujillo con muchas necesidades y grandes deudas. Y si los Chaves y sus deudos ya festejaron las alegrías por el nacimiento del príncipe a costa de sus haciendas, la propuesta del regidor Loaisa es clara: “hagamos los gastos desta fiesta, pues somos los más ricos de la çiudad, a nuestra costa y no molestemos con gastos tan eçesivo a esta çiudad y sus propios”.

Pero la ciudad no atiende a sus razones porque gran parte de los gastos ya están hechos y las libreas compradas al mercader de Valladolid, Diego de Quirós, debiéndose guardar lo ya acordado en abril, aunque no sean éstos argumentos suficientes para Francisco de Loaisa, quien casi consigue paralizar la celebración. Porque todo parecía estar ya dispuesto para la fiesta y el pregonero Hernán Blázquez, con trompetas y atabales, había hecho saber el 14 de julio a los trujillanos que el día 18 de agosto celebrarían el nacimiento del príncipe, cuando se presentaba ante el ayuntamiento una provisión real en la que, a instancias de Francisco de Loaisa Vargas, se ordenaba a la ciudad no gastar de sus propios maravedí alguno en las anunciadas fiestas sin contar con licencia previa de Su Majestad.

Será otro Loaisa, el regidor Pedro de Loaisa, quien marche con celeridad a la corte para conseguir la ansiada licencia con argumentos que debieron convencer al rey, que permitió, a mediados de agosto, que de las rentas de propios de la ciudad se empleasen 1.000 ducados en las proyectadas celebraciones.

Este día se trató cómo Su Magestad a dado liçençia a esta çiudad para poder gastar en las fiestas reales que esta çiudad haze por el naçimiento del prínçipe nuestro señor  mil ducados. Acordóse que las dichas fiestas se hagan a los quinze días del mes de setienbre primero venidero y así se pregone públicamente.

Decidido el día y adquiridas las libreas de las cuadrillas y los toros que habrían de lidiarse al finalizar el juego, tan solo restaba a la ciudad ofrecer su mejor imagen, preparando su plaza con arena, que aplanarían y regarían el día anterior, trasladando el mercado (se celebraría un jueves) a la plazuela delante de la casa de Diego de Vargas y encargando a Rafael de Casanova y sus compañeros, ministriles, que tocaran las chirimías durante los juegos, además de asegurar que quienes desde fuera vinieran a disfrutar del festejo encontraran una buena acogida en Trujillo.

Que el señor Gómez de Solís despache un correo al abad de Cabañas, que diz que tiene vino añexo, para saver qué tal es y el preçio a que lo dará, para la provisión de esta çiudad el tienpo de las fiestas reales”.

 “Que Vasco Calderón Enríquez haga hazer tablados para los forasteros que vinieren a las fiestas reales en las partes que parecieren más cómodas”.

 “Que los señores Vasco Calderón Enríquez y Juan de Camargo provean que para las fiestas reales aya pan regalado y mantenimientos para provisión de los que vinieren de fuera a las dichas fiestas”.

 “Que Gómez de Solís y don Álvaro de Hinojosa Torres hagan comedimiento con los caballeros forasteros que vinieren a las fiestas reales, ofreçiéndoles asiento y lugar para ellas”.

Nada nos dicen las actas del éxito de tales fiestas, de las coloridas y ricas libreas de cada una de las cuadrillas y las divisas en sus adargas, de la música que acompañó a los juegos, de la habilidad de los caballeros trujillanos en el manejo de sus caballos y en el lanzamiento de cañas, de su destreza en defenderse con las adargas, del ruido de las cañas al chocar en el aire, al romperse contra las adargas, de los toros que cerraron la fiesta...

Y todo ello para festejar el nacimiento en Viernes Santo de un príncipe que bien pudo ser zahorí.